Opinión. Reflexiones tras el Sestao, 4; Portugalete, nada. CAL, ARENA Y…LODO

CAL, ARENA Y…¡LODO!

Pluralizando el título de una de las más bonitas canciones del trovador cubano Silvio Rodríguez, y trayendo su agua de coral a mi molino portugalujo, permítanme el cantar:

“Esos hombres que por sus hechos han sido alabados tanto se cuiden de sí se cuiden de ellos solos porque el mismo don que los levantó los está ahogando en lodo”

El refranero castellano, en alusión a los vaivenes de la vida, también llamados altibajos, se muestra equitativo al metaforizar: “Una de cal…y una de arena”. Dándosele a la cal, quién no lo sabe a estas alturas, el valor del oro, y a la arena, no más que lo que supone un trozo de hojalata roñosa. Uno, más sabio por sus diabluras que por una vejez que aún no siente, no llega a entender que algo que no tiene más poder que el de blanquear los muros de la vieja casa de los sueños de La Florida equivalga al éxito que supone acertar siempre en el clavo y la fina arena de las playas, mojada ella por las olas, con  la que las criaturas, a base de balde, rastrillo y pala, construyen castillos para habitar y flanes como postre de un banquete, esta arena decía, escurridiza cuando, seca, la queremos retener en puño, sea esa moneda de curso legal con la que se compra el fracaso, o acaso esa otra falsa con la que el trueque resulta imposible, en el mejor de los casos: ¿cómo demostrar que, luego de un largo viaje, de forma azarosa a tus manos llegó y no fueron esas mismas manos las que en una lonja ignota con la pericia del timador la fabricaron?

Cuando el Portu despidió al Leioa, su invitado, de tres bofetadas, la cal de las líneas de La Florida, así como la de las circunferencias del centro del campo y la del punto fatídico, amén de las medias lunas de las áreas grandes y el cuarto menguante de los saques de esquina se volvió viva: cal viva; de esa que quema al rival y da unos brochazos a las paredes del templo que parecía ir cogiendo altura. Si fuéramos castellanos, en Basarte, feudo del Amurrio, habría tocado la de arena, pero siendo vascos de pleno derecho, por jarrilleros, fuimos a lo nuestro. Luego de coronar desde Orduña el Txarlazo e incursionar por el altiplano de la sierra Salbada, desde la tribuna, me sentí copartícipe del severo castigo que le inflingimos a un equipo más  blando que la  nata que yo bato para vestir de blanco las rojas fresas con las que, últimamente, abro el telón de todas mis cenas. Dos de cal; y en el horizonte, el Santurtzi, con el agua al cuello. Era mi deseo ser una mano más sobre la cabeza del náufrago a fin sumergirle en el mar violento en el que como tabla era zarandeado. Pero el equipo no estaba por la labor. A los chicos, alentados por el entrenador, les dio el ramalazo evangélico, y, cual samaritanos, dieron de beber al sediento. Agua para ellos: potable y por la boca; saciados quedaron con el empate a uno. Arena para nosotros. Llega la arena. A la tercera, pero llega. Y así, cargaditos los bolsillos, levantar otra vez la vista y caer en la cuenta de que allá donde la tierra y el cielo se juntan se divisa una alameda, la de Las Llanas, con su campo de fútbol al otro lado de la muralla, feudo del Sestao, otrora Sport, hoy, como pesado yugo, la penitencia de  darse a conocer por un apodo, “River” le dicen orgullosos, a mí me daría vergüenza, y todo por el pecado de jugar a ser ricos con un jornal de labriegos…

Sé que me tacharán de ingenuo, inocente y crédulo, pero cuando pensaba en el partido a las cinco de la tarde, me imaginaba un duelo entre gigantes, una lucha sin cuartel, un pulso tan igualado que el mundo se quedaría pasmado al contemplar a los verdinegros comandando la tabla y a los de oro y hulla pagando en el Purgatorio por el pecado de soberbia de aquel, o aquellos, que gozando de un templo de lujo decidieron derruirlo para levantar, sobre la zona cero, esa bíblica torre con la que intentar penetrar en el cielo de la Segunda División…

“Usteak”, sin embargo, “erdiak, ustel”. Ahora, después del duro castigo que me  ha dejado desolado, me doy cuenta de que confundí mis ardientes deseos con la cruda realidad que como ruedas de molino nos estamos comulgando para santificar de manera plena el rito sagrado del balón de los domingos. Hamalau intxaur: hurreratu…eta lau. Mucho ruido en mi corazón, ninguna nuez sobre el verde castigado del feudo de los fabriles, y sí castañas, cuatro, de toda índole, que pudieron ser más. No obstante lo duro del dígito, más allá de la abultada derrota, me llamó la atención, hasta acabar sumido en una profunda tristeza de la que, en noche de lunes, aún soy presa encadenada y con grilletes, me escandalizó el ver que los futbolistas que en su pecho cobijan así su propio corazón como el todos aquellos que, bien por exceso de años o por falta de aptitudes para el juego no nos vestimos de corto…se arrastraban por la carcomida yerba como si, luego de haber pretendido estar a la altura de dios, también llamado el señor, el todopoderoso les hubiera castigado a ser serpientes que tuvieran que reptar durante el resto de los días que le quedan a esta existencia que, allá por el mes de Mayo se extinguirá para dar paso a las txibiritas entre la hierba y a las rosas en mi jardín…

Más de cien pesadas crónicas sobre mis castigadas espaldas…y apenas salió un reproche de mi boquita cerrada. Y he aquí que, de repente, ignorando que lo era, soy el volcán que siempre fui. Todos lo somos. Desde el día en que abrimos los ojos a la violenta luz de este mundo. Dormidos pasan por la vida muchos de ellos hasta caer en el sueño último y fatal. Más otros, de tanto ardor como encierran, aunque a edad tardía, revientan, explotan, presurosa sale la lava por la boca del cráter, y las cenizas manchando nubes como fuegos de artificio. Si Pompeya fue la pagana del Vesubio, a esta hora de la noche, ciento veinte minutos para que cambie el día, es mi deseo e intención que toda la ira que poseían mis entrañas sin yo saberlo caiga como pesada losa sobre las conciencias de todos aquellos que ayer, 27 de febrero de 2011, por acción, y sobre todo por omisión, deshonraron la camiseta amarilla y negra, echando así basura sobre el limpio jardín de La Florida y el resto de la villa de Portugalete

En el cuadernillo que se repartió a la entrada del duelo vecinal Portu-Santurtzi, en el rincón titulado “La jornada por Javi Luaces”, nuestro mister de Busturia, abro comillas, aseguraba que “se ha perdido esa sensación de abismo en la clasificación”, y prometía que “nosotros vamos a pelear por todos los partidos a muerte…”. Esperanzado, pues, me disponía a coger el metro para emerger de las profundidades en el Kasko sestaotarra. Iluso me decían las voces que yo o no escuchaba o les hacía caso omiso. Como a Santiago Nasar en la Crónica de una muerte anunciada, al Portu toda la afición, menos yo, ser humano tan cándido que aún superado el medio siglo sigue creyendo en la magia de los Reyes de Oriente, conocía que lo iban a degollar de la manera más cruel entre todas las posibles. Pero es que yo me aferraba al clavo ardiendo del verbo de Luaces: “Nosotros vamos a pelear a muerte”. Me dejé engañar, crédulo que es uno, ese es mi delito. Y por ello, a diferencia de los que ya sabían de qué iba a ir la fiesta, sufrí lo que no cabe en estos escritos; me sentí humillado, vejado, pero, sobre todo, engañado. Por primera vez en mi dilatada vida, el Portu me había mentido: en los prolegómenos, con falsas promesas, y en el verde, con hipocresía y cinismo. “Pelear”, asegurabas: “A muerte”, prometías. Utilizaste el nombre del Portugalete en vano, y eso, como sucede con el de Dios si con ligereza se toma, es pecado tan grave que no habrá en esta vida penitencia que lo diluya…

En el rectángulo de juego, dos equipos, como es de rigor. Un “referí”, también llamado árbitro o colegiado, con sus dos ayudantes, auxiliares, en fin, los linieres de toda la vida. Y sobre todo, el balón, ese objeto de deseo que sólo se deja amar por las botas virtuosas de los futbolistas que albergan en sus corazones los deseos más hermosos. Dos escuadras, decía; dos onces de salida. Y de inmediato al pitido inicial, qué vi…El equipo de casa, hambriento; el foráneo, inapetente. El primero, como bestia en celo; el segundo, sin deseo, con la lívido atorada, indeseable. Los anfitriones, ardientes, como agua de la fuente; los invitados, aparte de ser convidados de piedra, fríos, fríos, como el agua de un río que corre lento debajo de la superficie que en capa de hielo convirtió el crudo invierno. Los verdinegros, esforzados, atrevidos, descarados, valientes…; los gualdinegros, presos de la desidia, perezosos, vagos, timoratos, e incluso cobardes. Los locales, como si en cada acción o disputa les fuera la vida misma, que les iba; los visitantes, arrastrándose en esa cruel agonía que antecede a la terrible muerte. Dos no se pelean si uno no quiere, se dice. A veces no se cumple el dicho, pero en este caso que nos ocupa, desgraciadamente, sí. Más nos habría valido que nuestro presidente, con el poder de su nombre, con amabilidad hubiera argumentado una epidemia de nostalgia y melancolía que había dejado el vestuario jarrilero hecho unos zorros. Partido suspendido; tres a cero para el Sestao; los puntos para el líder…y no haber sufrido, así, la humillación, la vejación, el sonrojo, la infinita tristeza que le provoca a uno darse cuenta de que asiste al circo, al Coliseo romano aquel en el que a un lado se sitúan las fieras salivando su hambruna, y al otro, temblando, tiritando de miedo, los que no han de ser sino carne fresca para la escabechina. Y ni siquiera el consuelo de que tras la muerte, la condición de mártir que acarrea beatificación o santidad, porque sólo aquel buen ladrón llamado Dimas tiene la certeza de que tras cerrar sus ojos a la violenta luz de este mundo estará, junto a Jesús, esa misma tarde en el Paraíso…

No necesito, desde hace un tiempo, los periódicos y tertulias del día después. Me bastan mis ojos, para ver; y mi corazón, para sentir. En este momento en el que escribo estoy profundamente enojado con mi equipo, enemistado, porque me ha golpeado con el arma más dañina: la traición. ¿Pelea?…¿Qué pelea? ¿A muerte?…¿Golfeando?…Utilizar el nombre del Club Portugalete en vano, así como el de Dios, es pecado tan grave que no habrá tiempo en este valle de lágrimas para una penitencia tan larga y pesada. Obras son amores y no buenas razones, querido Luaces. Y cuando reparaba en ti, erguido, era consciente de que asistías, aunque en apariencia superficie lisa, a un huerto en ligera cuesta en el que alguien oraba desde el cielo y el resto dormitaba. Siéndome imposible incursionar por tu conciencia, no acierto a asignarte un papel en este escenario lleno de olivos en el preciso momento en el que a mí, en vez de un zumo de naranja, se me da a beber de un cáliz rebosante la amargura de la hiel. Ni tampoco sé quién eres cuando, luego de un obsceno beso, a un ser de ciento dos años de vida le prenden. El resto de la historia, quién no la sabe: el expolio, la fusta, la burlesca corona de espinas, el penoso progreso hacia el monte de la calavera. Y en su cumbre, el tormento de la cruz. La agonía, la lanzada en el pecho, las últimas palabras, “Todo se ha consumado”…

Eso fue el domingo, 27 de febrero, el día, quizás, más triste en la historia del Portugalete, nada que ver con aquel derby sin goles en el que Javi Caridad estrelló un balón en el travesaño luego de un tremendo zapatazo desde, casi, el centro del campo. Eran otros tiempos. Y otra Tercera, también. De ropa de domingo y partidos de gala.

Hay vida, once jornadas quedan para que la liga concluya. Mas, sin embargo, ya no albergo esperanza. Me pregunto, sin embargo, si al séptimo día, como aquel ser, según aventura la síndone de Turín, al tercer día lo hizo, resucitará el Portugalete el domingo día seis a eso de las once y media de la mañana. Como las mujeres al sepulcro de la cripta, me acercaré a La Florida en busca del milagro. O tal vez no lo haga y me decante por subir a un monte, a la cumbre de un monte, a bautizar a los hijos que no tuve, a sentirme uno con la naturaleza, hermanado con ella, feliz, como un cervatillo recién puesto en libertad. Sea como fuere, quiero que sean mis últimas palabras para toda la plantilla y el cuerpo técnico de mi Club Portugalete. Escribo yo, pero en verdad la poesía no es mía, la convirtió en “Ese hombre”, canción, el trovador cubano Silvio Rodriguez. Primero se dirige al que comanda la nao jarrillera en la que Diego de Portugalete ejerce de grumete…

“Ese hombre que por sus hechos de la temporada pasada

fue alabado tanto

se cuide de sí

se cuide de él solo

porque hay un placer

perverso en creer

merecerlo todo…”

 

Y concluye alertando a todo el plantel jarrillero, en especial a los que, como almas en pena, vagaron por el verde de Las Llanas hasta convertirse en “el peor equipo que por el feudo verdinegro había pasado”…

 

“Esos hombres

que por sus hechos ante el Getafe de Michel

fueron alabados y festejados tanto

se cuiden de sí

se cuiden de ellos solos

porque el mismo don

que los levantó

los está ahogando en lodo”

 

Martes ya. Trece minutos faltan para las tres de la tarde. A esa misma hora, reza en los evangelios, expiró Jesús en su madero en cruz. Y yo aquí, perdido y solo, sin un cuerpo al que abrazarme, sin un equipo que sane mis heridas con su juego curativo. Perdido y solo. Ese artículo, inédito, ya fue escrito a finales de Noviembre de 2010: “¡Desamparado!”. “Así estás tú, te creemos, tus palabras resultan sinceras. Pero…¿qué será de nosotros hasta el final de la liga? ¿Qué tipo de fútbol veremos en La Florida y cuando hagamos turismo invadiendo campos ajenos?…

 

¿Por qué preguntar, querido lector, cuando la respuesta no se espera?…

 

 

Firmado: “Luis”, futbolista del Club Portugalete.