Opinión: ¡RESPETEN EL DUELO, POR FAVOR!

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(“Reflexiones de un futbolista” tras el Portugalete, 0 – Sestao, 1)

(Al Club Portugalete, con cariño de Pablo Milanés)

Esto no puede ser una crónica de fútbol, quisiera fuera una declaración de amor romántica, sin reparar en formas tales que pongan freno a lo que siento ahora a raudales: te amo, Portugalete, te amo…
¡eternamente te amo!
(P. Milanés)

Acabada la batalla, muerto el combatiente, así en los alrededores del terreno de juego de La Florida como en los aledaños del estadio, al igual que sucede a las puertas de la iglesia a la finalización de los funerales religiosos (el fútbol es un rito religioso, no lo olvidemos), corrillos de fieles, esos que se resisten a abandonar bruscamente el lugar del duelo, hablaban entre sí en voz baja, como de respeto. En mi condición de periodista, queriendo saber para, luego, poder opinar con conocimiento de causa, paseaba entre ellos de una manera discreta para no asustar los pequeños rebaños y provocar el desperdigamiento de las “reses”. Y he aquí que, en vez de escuchar, como se estila, sentimientos de dolor y buenas palabras hacia el “finado”, para mi sorpresa e indignación, me calé de conversaciones entre aficionados enojados que, prácticamente, no dejaban, como se dice, títere con cabeza. Escandalizado, me colé con descaro en la “fiesta” de aquellos diálogos en los que a mi equipo se le despellejaba, y a punto estuve de, como hizo Jesús con los mercaderes que habían profanado la casa de su padre, que era el templo de Jerusalén, echarme la manta a la cabeza, para no asustarme con lo que hacía, y liarme a latigazos con los puestos de animales y jaulas de todo tipo, así como con alguna espalda de aquellos seguidores que están a la que salta para traicionar a esa suerte de dios figurado que es mi equipo, el Club Portugalete. Como no sucede en los funerales eclesiásticos, y sí, en cambio, en esta fiesta del fútbol que va por barrios, los vencedores departían sonrientes evitando, más por discreción que miedo, la carcajada. El que crea que, como muchos lo hicieron, voy a hacer leña del árbol caído, “jai dute”, o sea, lo tienen claro. Porque, primero, yo no soy leñador, sino juez y parte; y, segundo, no vi en el campo, a la conclusión del partido, ningún árbol en el suelo. Y es que, si los augures, abierto el vientre del ave, en sus vísceras intuyen un futuro negro en el que no cabe lo amarillo, yo contemplé un tronco muy grueso, insertadas sus raíces, con uñas y dientes, en lo profundo de la tierra en la que yo nací y a la que, ya en lo bueno, como en lo supuestamente malo, jamás abandonaré….
En mi opinión, nunca humilde, sino orgullosa, por muy mal que se crea que se han hecho, y se hacen, las cosas, es de sinsorgos arrojar piedras sobre su propio tejado. Y por otra parte, que quede desde el principio muy claro que yo, Luis, jugador durante once temporadas defendiendo los colores jarrilleros, antes que periodista, soy un seguidor a muerte del ´Portu´, de esos que algunos, equivocadamente, de una manera despectiva llaman “forofo”. Lo digo para que nadie se llame a engaño porque yo les halla tratado de engañar. Cronista, sí, con todas las letras, pero de objetivo, “nanai”, en primero lugar porque el que crónicas escribe está obligado a, junto a los hechos que expone, dar su punto de vista, escribir lo que piensa y lo que le da la gana. Objetivo, por tanto, ni lo soy, porque es humanamente imposible, ni lo pretende porque no me sale de…Y además, quién espera objetividad de un socio que acude al campo a las once de la mañana, en busca del asiento que en la tribuna le ha reservado “el del 3”, mostrando su pecho al mundo para que nadie se quede sin ver que su tronco está protegido, cual coraza, con la misma camiseta que visten los jugadores (número 10 y el nombre de “Luis” a la espalda) que media hora más tarde, desde el vestuario local, saltarán al campo a los sones del glorioso himno de su Club…
Como anunció al final de su última crónica Ainhoa Barroeta, ese alter ego del que estas cosas escribe y que se vio obligada a firmar en contra de su voluntad, esperaba que de este duelo vecinal saliéramos vencedores. Pero claro, como también apunté, “siempre y cuando los gualdinegros fueran fieles a sí mismos y obedientes a la doctrina de su entrenador. Qué pasó entonces…¿Que los chavales se traicionaron y el mister Luaces no impuso su autoridad?…Cómo escribió mi amigo Saramago en su “Evangelio según Jesucristo”, “ni vosotros tenéis todas las preguntas, ni yo tengo todas las respuestas”. A decir verdad, ninguna. Todo lo que escribo son suposiciones, en lo que respecta al juego real, y emociones incontenibles cuando se trata de defender a mi equipo en todo tiempo y lugar. Y para que nadie se esté llevando a engaño, y termine de leer este artículo boquiabierto creyendo no haberse enterado de nada en cuanto respecta al partido, que desde este momento se libere de toda preocupación: yo no soy el cronista al uso de los periódicos locales que tratan de narrar, y siempre fracasan, la verdad de los partidos de fútbol de nuestra categoría de bronce. Sin embargo, pierdan el miedo a quedarse desvalidos de toda información. En esta elegante (según me han confesado) página del Club Portugalete, no muy lejos de las cosas que yo digo, otras manos, otras mentes más hábiles que las mías a la hora de comentar los partidos de una manera ortodoxa, les darán cuenta de los hechos sin el lastre que suponen la perífrasis y esa metáfora que se estira hasta alcanzar la alegoría…
Decir, como titula el ´Correo´, “Triunfo justo del Sestao”, es reduccionista, barre para casa y no encierra ninguna verdad, porque un partido de fútbol, como dijo aquél, “no es un tribunal de justicia: gana el que más goles marca y punto. Y no necesariamente porque los haya merecido, sino porque ha sido más certero en el remate final….
Decir, como titula el ´Deia´ su crónica, “Cerro tiñe La Florida” es, no me cabe duda, más poético, por el verbo que utiliza, tiñe, y por lo que esconde al dejar un espacio en blanco entre la tercera persona del presente del indicativo del verbo teñir y el nombre de nuestro campo. Para los aficionados del Sestao “River” (ya es triste que una entidad como la de la Alameda de Las Llanas tenga que cargar como legítimo apellido con el apodo que supone el nombre prestado de un equipo uruguayo)…Cerro, al marcar de cabeza en el 60 a la salida de un corner por inhibirse en la salida Urko Macías, como si fuera un pulpo al ataque, soltó de las entrañas su tinta que dejó las redes de la portería de la carretera pintadas de negro…y verde. Para los del ´Portu´, en cambio, todo fue más parabólico, metáfora en estado puro: gol visitante que, al no verse igualado en el luminoso, provocó el duelo, sembró el luto: brazaletes negros lucen los que vivieron la crudeza de la postguerra; negro su corazón, duelo guardan los más jóvenes. Sin embargo, el cronista peca al generalizar, ya que, como se dijo en las primeras líneas, algunos, más enojados que dolidos, no fueron capaces de callar cuando el cuerpo vencido del Portugalete estaba aún caliente…
Yo, que no peco, como esos ventajistas, de rasgarme las vestiduras al final de cada partido, ya que voy leyendo el encuentro según los jugadores, con sus fallos y aciertos, con sus limitaciones y su talento, lo van escribiendo, confieso, desde mi incorregible y declarada subjetividad, que contemplé, ya de salida, a un equipo de camiseta blanca (para evitar la confusión de árbitro y jugadores) que se recogía en su propio campo, haciéndose allí fuertes, a la espera de que de los intentos de elaboración del juego y salir con el balón pegado a los pies de los jarrilleros se desprendiera el error, el fallo, la pérdida, los balones divididos…que, en la mayor parte de las ocasiones, debido a su mayor anticipación, terminaban en botas foráneas. Y entonces ellos, que venían, como es su obligación, a “jodernos” la mañana, salían veloces, meteóricos, casi violentos, como si fueran toros en un encierro de San Fermín. Y era tal su destreza en la carrera que, al pasar por la calle principal del centro del campo, poca oposición encontraban en la barrera técnica que ofrecían mozos estilistas como Alberto, Javi González, Clausi y un Mikel Moreno al que la pelea le vino demasiado cruenta. Y no por falta de virtuosismo, sino, todo lo contrario, por falta de fuerza, fiereza y contundencia, tres cualidades, éstas, que sí poseía un once que, aunque recién perdida la golosa categoría, alineaba, al menos, seis jugadores del pasado ejercicio en Segunda B más algún otro que gozó de la misma condición en otros equipos, o incluso superior, como Aketxe, el hijo del arenero Isaac que junto a mi amigo Lolo y Pouso formaron una media de lujo en el Arenas que en el año 80 militaba en la Segunda División B. Este joven Isaac Aketxe, proveniente del Bilbao Athletic, ya tuvo la oportunidad de debutar, si mi memoria no me engaña, en el Athletic a las órdenes de Joaquín Caparrós. Claro que otros dirán, y habrá que firmarlo porque es verdad, que nuestro Bergara también lo hizo, y, según me dicen, en el mismísimo Camp Nou. Y Javi González durante tantos años, en los que tuvo la oportunidad de completar como lateral derecho “el mejor partido que yo jamás he visto disputar a un futbolista”. Lo dijo Heinckes, aquel magnífico entrenador que tuvo el Athletic y, que, por torpeza y falta de respeto, la Entidad no supo, quiso o pudo retener…
Regreso al terreno de juego y veo que, al haber finalizado, no me he perdido nada: las cartas de cada equipo están sobre la mesa de hierba y ninguno de los dos entrenadores, por convencimiento o impotencia, no las quieren o pueden cambiar. Lo tienen muy claro, al parecer. Para alegría de los aficionados del “River”, que se sienten, o se creen, superiores; para preocupación de la afición jarrillera que, mudos, asisten a un querer y no poder…
Aunque sus movimientos tácticos eran muy simples, y hasta rudimentarios, los verdinegros tenían las cosas muy claras: exhibir el músculo, dedicarse al robo, explotar la velocidad…y plantarse en el área rival en el menor tiempo posible para sorprender a la zaga y penetrarla con pases entre líneas. En dos ocasiones lo consiguieron: cuando Macías, felino, se lanzó a los pies del solitario delantero…y cuando repelió un disparo a bocajarro. Nosotros, trato de no falsear los datos verificables, tuvimos nuestro momento en el minuto once, cuando el “cerbero” Alvaro Iglesias, desvió un disparo envenenado de Gondra y, de seguido, repelió el intento “malintencionado” de Imanol Etxabe…
Cuando, luego de consumarse el descanso, a la salida de vestuarios, dirigí mi ojos al marcador y vi que ya se había consumido el primer cuarto de hora, girándome ligeramente a mi derecha, le comenté a un compañero de tribuna: “Visto todo el pescado, y antes de que se venda, este partido tiene toda la pinta de ser uno de esos que, no pudiéndose ganar, jamás se debe perder. Me conformo, por tanto, con el empate a cero que hasta ahora nadie ha podido romper”. Y he aquí que, acabada la exposición de mi deseo, agaché un poco la vista y me percaté de que Isaac Aketxe se disponía a dar inicio a esa estrategia peligrosa que supone el saque de esquina. Lo que pasó a continuación, ya está narrado: para qué meter de nuevo el dedo en la llaga o echar vinagre en la herida.
Al finalizar el partido, luego de que los futbolistas de ambos equipos, enemigos y amigos de mil batallas, se abrazaran, intercambiando palabras de cariño y consuelo, y mientras algunos de los asistentes al duelo, con sus comentarios irrespetuosos e inconvenientes, reventaran el luto que se le debe a la “muerte” que supone la derrota, libre el rectángulo de juego, en fin, de sus legítimos propietarios, los que venían de fuera, los invitados, irrespetuosos con el dolor de la parroquia local, se dedicaron a trotar, “burlones”, alrededor del perímetro que marcan las cuatro líneas del rectángulo, con la excusa –ridícula a mi entender- de estirar una musculatura castigada por el terrible esfuerzo que había supuesto doblegar a un equipo orgulloso. Como socio del Club Portugalete, me escoció por sentirla como el regodeo de un entrenador menor que, al no ser nadie en el concierto del fútbol, busca que el que asiste a la fantochada pregunte: ¿Quién es el fenómeno que, pretendiendo emular al técnico de un equipo grande, programa un liviano entrenamiento pos-partido? Y no me vale que sea, por su parte una práctica habitual. Hay que saber leer el partido incluso más allá de su página final. Y el horno no estaba para bollos. Hay una cosa que se llama duelo, quizás porque el alma al que ha perdido algo querido le duele. Y otra a la que dicen luto. Respeto, en fin. Y no hacer, cuando el que está a tu lado llora, alarde de una ridícula pedantería. Porque para estirar, están los bancos corridos del vestuario; y para hacer como que correteas, te bajas a Galindo para no machacar tu precioso césped de Las Llanas. Hace veinticinco años que ya pusimos, para siempre, el campo de La Florida a disposición de un Sestao que no tenía donde caerse muerto…y un tipo zafio y ruin como Javier Iruretagoiena, siendo yo futbolista de la primera plantilla del Club Portugalete, nos lo pagó echándome como a un perro sarnoso de unas duchas que ni siquiera eran suyas, como las de las campas del seminario de Derio a las que yo había acudido, tras acuerdo entre las dos entidades, para que el bueno de Fernando San Cristobal (al que tuve la oportunidad de abrazar, luego del susto que nos dio con su problema pulmonar, ascendiendo al Pagasarri) me ayudara a doblar la rodilla, rígida después de soportar durante cincuenta días aquel molesto yeso endurecido para religar unos cuantos ligamentos rotos. Recuerdo perfectamente la canallada de este “sepulcro blanqueado” (me sobran los argumentos para llamarle cínico) que es Irureta. Sin que mediara palabra mía ni pregunta por su parte me escupió con su verbo sucio al ver mi cuerpo desnudo después de la ducha higiénica y reparadora. “Usted, váyase inmediatamente de aquí, que están a punto de llegar mis jugadores”. Y yo, que de bueno e inocente pecaba de bobo, callé como el que se encuentra ante un dios tirano y vengativo…
Retornando al asunto de la vuelta al ruedo, el que piense que lo mío es mal perder, se equivoca: jamás habría aplaudido a mi equipo dando la “vuelta de honor” en Las Llanas, cosa, por otra parte, impensable, conociendo como se las gasta, desde hace ya mucho tiempo, un amplio sector de la otrora (Sestao, 2- Las Palmas, 0. Los míticos canarios frente a Braceras, Beamurgia…Usandizaga y Unzueta) entendida y educada afición del cuadro de Las Llanas, a la que no se le caían los anillos por tenerse que sentar en tribunas de madera. De madera, sí…pero…¡qué recuerdos tan bonitos en aquel estadio de sabor inglés al que yo habitualmente asistía aprovechando los siete años que cursé en el añorado colegio de los Hermanos de La Salle….
Y hasta aquí he llegado. Como no he grabado el esfuerzo que supone para mí la escritura, imaginen, por favor, a un hombre sentado de mala postura en un incómodo sofá durante cuatro horas. Delante de mí, el ordenador; dentro de mi cuerpo, dolor puro y duro, sufrimiento, un calvario que desde que empezó hace ya diez años tras la lanzada en la espalda de un negligente y canalla anestesista, no cesa ni de noche ni de día. O sea que, sean comprensivos: gaizka esana, parkatu, eta ondo idatzia, txalotu, y no me pidan, por Dios, que sea objetivo. El que quiera información, busque y encuentre en esta página la crónica del partido. Y no se engañen, así los del Sestao como nosotros, los del Portugalete: estando el fútbol por medio, la objetividad no existe, porque no es ni buena ni necesaria. Cuando la muerte está al llegar porque todo se ha consumado, como Jesús cuando, clavado en la cruz, se dirigió a su Padre, el ser humano no puede aspirar a otra cosa mejor que ese Cielo prometido que bulle en su conciencia. Amén.

En Sopelana, a las 21h y 26´ del lunes, día 18 de octubre del año 2010

Firmado: Luis Mari Pérez García, “Luis”, futbolista (en sus días) del Club Portugalete
mail: samuagez@yahoo.es