Opinión: PORTUGALETE 6 – ZALLA 1. AMOR PARA VIVIR

Eskaintza:  A Txutxi Aranguren, que me obsequió con el encanto de su sonrisa.

A Txutxi Aranguren, un color en el iris del arco de San Mamés.

A Txutxi Aranguren: tanto amor… ¡y no poder hacer nada contra la muerte!

Cita: El amor, cuando es vengativo, es un plato que también se sirve frío.

(El autor)

 

AMOR PARA VIVIR

Cuando Kino, el de “kopi-denda”, con dos días de antelación y de manera sorpresiva, me regaló la hoja informativa amarilla y negra que, a la entrada del municipal de La Florida, el Club Portugalete reparte entre socios y aficionados, no era consciente él, así como yo tampoco lo era, de que lo que había depositado en mis manos, más allá de convertirle en el señor de los tiempos y desafiar el anodino y terrible orden de Cronos, una vez en mi poder se transformaría en el Arca de la Alianza que Fortuna, la diosa de la suerte y el destino, había establecido y sellado con el pueblo elegido para guiarle, en el corto plazo de dos noches y tres días, hasta la Tierra Prometida…

La primera muestra de que el artefacto obraba maravillas y provocaba prodigios me llegó esa misma noche del viernes a modo de copos de maná que se posaron en la pantalla de mi teléfono móvil; una suerte de gota de rocío, agua indivisible con el que poder lavarme mi carita y las heridas del alma antes de caer, inconsciente, en los buenos, necesarios e imprescindibles brazos de Morfeo…

Para que su mensaje hubiera resultado a mi entendimiento certero e incontestable le faltó a mi buen amigo Juan (todavía no ha contestado a mi pregunta: ¿Por qué un vasco de Ortuella, como tú, es del Barcelona?) haberme advertido de que el bendito “biskaibús” de la Diputación, a la manera de los magos de oriente queriendo salvar el escollo de un presunto Herodes portugalujo, evitaría la villa de la señora de Haro tomando el atajo de la vía vieja de Cabieces a fin de alcanzar Ortuella camino de Sopuerta, el pueblo encartado donde, por cuarta vez en mi vida, habría de asistir  al enésimo milagro de los cadetes del Sopuerta, peculiar equipo donde los haya, pues, no en vano, para dar fe tanto del milagro como de su peculiaridad, siempre juegan los mismos y no hay dios que se enfade, ni siquiera el del arca de la alianza, y, por tanto, mucho menos los chavales y sus padres, pues en esta sección de la entidad, hablar de plantilla y once inicial es decir casi siempre lo mismo. Oigan ustedes, lo nunca visto…pero lo ya cronificado: en artículo radiofónico convertí yo su gesta semanal a demanda del aita de Iñaki, uno de los once “futbolistas de plastilina” (escuche el lector las “Crónicas de Kuitxi” y entenderá) que, con tanto gusto y pasión, por dos veces leyó en su estudio, envuelto en la música y la voz de Van Morrison: “This are the days: estos son los días) el maestro de la radio Joxe Iragorri en su “Oye Cómo Va” nocturno de una de las noches de los cinco primeros días de la semana. Su falta de precisión y mi desidia provocaron una llegada tardía. Una primera parte fallida. Fue levantar la vista, asistir a un par de lances del juego…y escuchar el delicado silbido del “referí”. Sin goles. Empate a cero. También a la conclusión. El punto de la Federación ese famoso que llaman. Ni para ti ni para mí. Todos contentos. Hora de celebrar. Y como sucedió la semana pasada en Gernika, en lo que a mi respecta (portavoz oficioso y virtual de los jarrilleros), la comida antes del festejo del partido del día después. En el barrio Las Ribas, en casa única; caserón o moderno caserío. Mesa y mantel para cuatro comensales: ella y él, o sea los padres que para mí, al ser mis amigos, son los reyes magos; Iñaki, de media punta…y su ausente hermano Aitor estudiando en Castilla y León: lo que la universidad de Salamanca enseña que no lo borre Deusto. Universidad, Carreras…¡qué lugares! Yo ya fui partícipe, y hasta el final, de la mía, Periodismo. Qué tiempos aquellos, ¿verdad, querido Hoss?, cuando el equipo de fútbol de “San Informando” barría en Leioa luego de haberse quedado las aulas vacías…

…Comida. Sobremesa. Hay tantas cosas que decirse a la cara, que contar, Hasta que llega, para los anfitriones, el momento inevitable de la caminata por la senda otrora vía del ferrocarril minero, que va girando sobre sí misma, fundiendo y confundiendo de paso lindes de Galdames y Sopuerta, qué es del uno, qué es del otro. Todo me parece igual: si en el horizonte no viera el lado más salvaje del Pico de la Cruz; si me dejaran solo con la noche por delante…,igual me pierdo y mi suerte, dejado de la mano de dios como me hallo, queda a la espera del olfato salvador de un perro de San Bernardo con su barrilito de whiski colgando del cuello. De vuelta al hogar, donde había una pareja de hecho y con papeles firmados…ahora aparecen dos, mujer y hombre que se sumaron al rito de los caminantes. Iñaki se había ido con los amigos a ver Torrente 4. El hombre solitario, este mismo que, a su entender, estas cosas tan tiernas os escribe, sigue en su lugar y a lo suyo: a pesar del goce de sentir tan de cerca a sus amigos del Instituto de Gallarta, no puede evitar que le inunde una profunda tristeza que se refleja en sus ojos, esos que ya han perdido el coqueteo y la seducción en su mirada, esos que se clavan en la figura de la mujer convidada. Y la sienten, sino extenuada luego de andar, sí al menos fatigada. Para recuperar el resuello, toma, entonces, de la mesa la hoja amarilla y negra que Kino, el de kopi-denda, me dio en primicia, y, utilizándola a modo de abanico o molinillo, comienza a hacer con ella aspavientos que rozan casi su cara. Toma aire la mujer: sin duda, el primer prodigio del arca de la alianza que, sin saber que lo era el que de él se desprendió, va pasando de mano a mano como astilla de la cruz de cristo, como pañuelo de la Verónica, como sábana santa de Turín. Sólo cuando viajaba camino de Portugalete, a eso de las diez de la noche, caí en la cuenta de que en la casa de Sopuerta, y en orden creciente en base a su valor, me había dejado olvidadas las gafas de la presbicia, , el bastón del montañero…y la hoja amarilla y negra. O sea, el Arca de la alianza que Fortuna, la diosa, había formalizado con nosotros, jarrilleros, su pueblo elegido. Mejor allí, pensé; en casa ajena que en mis manos. Incluso desde la distancia, o quizás por el sosiego que da la lejanía, algo bueno tendría que ofrecernos cuando a la tapa le llegara el momento de la apertura total.

Me acosté tarde y me levanté temprano, hecho, este último, que no favoreció mi llegada al estadio con esa media hora antes que se precisa para ver calentar íntegramente a aquellos que, con buenas artes, luchan por mí en pos de la victoria. Aparte de la escritura, deudor soy también, de un tiempo a esta parte, de los cuarenta largos en la piscina cuatro veces por semana. Descendí las empinadas calles de mi villa con la sana y prudente intención de nadar y guardar la ropa. A medio camino, me topé con el virtuoso Txutxín Aranguren.Nos saludamos con afecto y cariño. Pobre Txutxín, me digo ahora, 20.15 del martes 22 de marzo, quién le iba a decir al hombre que al día siguiente, en el Laberinto de Cruces el Minotauro le iba a matar. Quién me iba a decir a mí que esta crónica acabaría siendo un calco de aquella otra en la que, como en ésta, la gesta de los futbolistas sería el preludio de la muerte de una gloria de la Villa; o que la muerte sería el triste bordón final de una alegre poesía…

Fui valiente en la pileta y nadé vigoroso, y prudente en la taquilla a la hora de guardar la ropa bajo candado. Quería abarcar tanto en la mañana de domingo que llegué con aprietos al campo de las flores. Dos minutos me perdí, para siempre, ya irrecuperables. Lo bueno del leve retraso: no escuchar el injusto, por repetitivo, abucheo de la parroquia a sus jugadores. Y al tercero, hablo de minutos, el de la vencida para un equipo blanquiazul encartado que de la estrategia había sacado el hierro con el cual forjar su entrenador cuerpos de acero para someter con dureza y contundencia las buenas artes de los chicos de Javi Luaces. No me preocupó, empero, demasiado el gol que nos habían encajado. Aún quedaba mucha tela que cortar. A decir verdad, casi el vestido del partido por entero. . Toca levantarse y seguir hacia delante. ¿Qué otra cosa se le puede pedir a un pueblo que camina hacia la tierra prometida portando sobre hombros de cuatro cuerpos virtuosos el arca de la alianza, que ya para entonces, mil veces multiplicada, se hallaba repartida en el recinto por doquier: ora en manos humanas, , ora bajo los asientos de la tribuna, algunos de manera inconsciente arrojados al suelo. El Arca de la alianza amarilla es, con negra escritura de adorno. Un código secreto que Fernando Pérez, entrenador de nuestros rivales, no alcanzará a descifrar.

Daba la impresión de que, luego del golpe recibido, éramos un pueblo que errante caminaba bajo un sol de justicia por un desierto conocido y riguroso. Las apariencias, sin embargo, sirven hasta que dejan de serlo. Veintiún minutos habían corrido en el reloj del marcador. Veintiuno, es decir, el mismo número que en peso se le atribuye al alma cuando el cielo se abrió y pude escuchar nítidamente la voz de la diosa: “Este es mi pueblo amado; vosotros sois los elegidos”. Fue entonces cuando ocurrió lo del descarado agarrón dentro del área foránea y el inmediato sonido del silbato arbitral. Etxabe (del que Angel el de los periódicos me acaba de decir que al Laudio se ha marchado. Y yo pregunto: ¿y nosotros qué ganamos?), por designio divino, se apropió del esférico, lo colocó con mimo en su cuna de cal pintada y, aplicando la famosa regla de “las tres erres”, lo encajó en la portería con el interior de su pie derecho: “raso, rápido…y a la red”, rebasando la línea de gol lamiendo la base del poste derecho de David, que, como buen cancerbero, no evitó la entrada en el habitáculo que en la segunda mitad habría de convertirse en el Averno, eso que por estas tierras llamamos Infierno. Lograda la igualada, confieso que esperaba más señales del Arca. Más los designios del cielo son inescrutables; y la diosa pedía paciencia: “Yo quito y doy;  y sólo yo decido el momento de la dádiva”. Y he aquí que el pueblo jarrillero, demasiado escarmentado, tuvo que esperar, no sin el desasosiego de aquellos que se muerden las uñas a los pies del Sinaí  esperando el regreso de Moisés. Los más de veinte minutos que le quedaban a la primera parte parta expirar, el descanso completo y los siete primeros minutos de la reanudación . Confieso que cuando Imanol Aguiar empujó al fondo de la red en el 52 un balón escupido por la madera luego de un disparo de Carreño, me moría de ganas de gozar del don de la ubicuidad, ese que me permitiera estar al mismo tiempo en el campo de las flores y en la casa de mi amigo Juan: para observar el Arca y su tapa levantada y la energía que de su interior se desprendía para liberar a un pueblo noble y someter a los mezquinos, a los miserables; y qué se sentía en la casa; y a qué olía el hogar: si a pólvora… o a canela, incienso, vainilla y sándalo. Fue desnivelar Aguiar el luminoso, escucharse el sonido mitológico de Cuerno de la Abundancia tocado por Fortuna… y precipitarse los acontecimientos. Diez minutos de locura, en los que el Portu saltó del 2 Al 5 como en un juego de parchís. La vida parecía eterna en tan corto espacio de tiempo, y, al mismo tiempo, me pareció que todo lo hermoso que yo he vivido en este mundo pasaba como una película delante de mis ojos a la manera que lo hace con los que avanzan hacia la luz tan deseada que se encuentra al final del túnel. Mientras yo me acordaba del Arca de la alianza, a cada gol, y cada cual más bello, mi mente se llenaba de metáforas y mi corazón era una alegoría. En el partido de ida, allí donde antaño, en Otxaran, aullaban los lobos, el Zalla, como bien recuerda nuestro mister, Javi Luaces, “ya usó las armas que el árbitro permitió, muy por encima del reglamento”. Viendo Fernando Pérez lo que se le venía encima –un huracán de oro y hulla- podría haber recurrido a la odiosa violencia que inoculó en la sangre de sus jugadores en el partido de ida  a fin de someter a un equipo, como el portugalujo, obligado a ser noble por mandato de su apellido, para salvar su cabeza que, ya mansa, se ofrecía a loa guillotina de la junta directiva. Pero no. Si en su feudo ejerció de chulo de barrio, de macarra de un garito azuzando a sus esbirros en pos de la caza de todo lo amarillo y negro que se moviera, en La Florida, para evitar el escarnio podría haber recurrido a las malas artes, pero, cobarde, se contuvo: y humilló entonces su testa para el remate del verduguillo. Cuando en el 56, Carreño adornó el tercero con una preciosa vaselina, podría Javi Luaces haberse girado a la derecha y  volcar la mirada en su colega Fernando, que oficiaba desde el exilio de la grada. Y decirle con los ojos: “Esta es la venganza servida en plato frío; o Donde las dan las toman…Pero no habría sido justo añadir: “el que a hierro mata a hierro está muriendo”, porque el Portu, para saldar deudas, estaba recurriendo al amor y no al odio. Y mira si estaba en condiciones de sacar pecho y hacer burla para humillar al zafio, al ruin, al cobarde, para vengarse luego de haber esperado, con la paciencia de Job, el paso de un trozo de otoño y todo un invierno. Nuestro coach, al igual que yo pienso, no está de acuerdo con el ojo por ojo y el diente por diente, ya que, como sostenía Ghandi, la tierra devendría en una humanidad de seres ciegos y desdentados. Mejor el verdadero amor, ese que nos hace libres y que por uno mismo empieza. Si allí pusimos la otra mejilla a cada bofetón recibido, en nuestra casa no cabe sino el amor. Y como el bien entendido empieza por uno mismo, el Portu empezó quererse con locura. Estaba tan excitado, tan elevada su lívido, que evitó el cortejo y la seducción que preceden a la consumación y se lanzó directamente a la penetración a sabiendas de que la portería de las viejas casetas, por influjo del Arca de la alianza, se hallaba convenientemente lubricada: para el cuero contra la red, para que el balón besara con ansia y ardor la lencería de las mallas. Obras son amores, en fin, y no  buenas razones. Por fin el trigo: gruesas espigas amarillas manchadas con el negro de la tierra y no la predicación. Nos amó tanto que nos amó hasta el extremo del 88 y hasta el límite de la enormidad, allá donde la belleza del gol resulta ya insuperable…

No estaba siendo, aunque parezca paradoja, un buen partido, pero sí un extraordinario encuentro con los goles más sublimes precedidos de las jugadas más hermosas. Era tan grandioso lo que se veía, que tanto valían los ojos como el corazón para sentir; y el alma, que por fin se libera para volver nuestros cuerpos livianos. En el 59, Aguiar probó suerte de volea y tuvo premio. Y tan sólo tres minutos después, , en el 65, sino la más espectacular, sí la más hermosa de las seis maravillas. Al borde del área, de espaldas a la portería, un compañero, sintiendo su pecho ya muy cargado de emociones, partió la carga con Etxabe, que, utilizando el interior de su pie derecho, con una leve ayuda del empeine, puso la pelota en el lugar con el que en las noches previas al partido sueñan los futbolistas: la escuadra total es un espacio vacío al que nunca termina de llegar el portero. Ver para creer. Un equipo timorato, torpe a la hora de declararse en pos de una conquista,  evitando piropos, arrumacos y caricias, se adentra en la cálida caverna del cuerpo de esa mujer llamada portería. El cuero contra la red; el balón besando hasta contar cinco las mallas. Obras. Amores. AMOR, con mayúsculas. En fin, amor con el cuerpo, amor sin palabrería, sin engaños, ni promesas de una vida feliz. A saco. Penetración, orgasmo y eyaculación. Puro placer sin tener que pagar el precio del, a veces, absurdo protocolo donde reina la frase hecha y generalmente hueca. Cuatro orgasmos seguidos en el plazo de diez minutos. Por eso el equipo, extenuado, se da la media vuelta en su lecho de hierba. Pero ni se fuma un cigarro, como el tal Fernando Pérez para aplacar su estrés, ni se entrega al silencio del que, habiendo utilizado a su pareja para el disfrute de la carne, nada le tiene que decir,. Lo del Portu es el descanso del guerrero. 26 minutos de tranquilidad antes de la última acometida. Desmelenado, creyéndosele sin fuerzas, Elustondo, que había saltado al campo en sustitución de Aguiar para poder gozar, así, de minutos; venido de Azpeitia con la sana intención de envejecer y apolillarse en nuestra villa a base de refrescar el garganchón bebiendo agua de La Canilla, marcó el que era, había sido y, muy probablemente, será el gol más hermoso de su vida. Perpendicular al centro de la portería del pobre David, y alejado de la media luna del área grande con cierta consideración, cazó al vuelo un balón que  volaba bajo. Fue la suya una acción visceral, sin que mediara la voluntad o el entendimiento. Me pareció verle cerrar los ojos cuando, con el empeine interior de su  pie izquierdo, envolvió la pelota en su bota al modo que lo hacen los que se sirven de la cesta en frontón. Y ya hecha suya, sirviéndose más del deseo que de la fuerza, buscó el cuero contra la piedra y se encontró, para su regocijo, con la pelota contra la red. La última erección. La última penetración. El último orgasmo. La última eyaculación. El último gol. El sexto de la mañana que superó la línea entrando por la misma escuadra de la que se había servido Etxabe para consumar la quinta maravilla. Goles. Amores. AMOR, con mayúsculas, era lo que necesitaba regalarnos el equipo luego de habernos dado tantas calabazas. Amor, sí: eso que llaman amor para vivir…

En la noche del domingo, después del duro golpe de San Mamés, no sé si por él, o porque poco dura la alegría en la casa de este pobre corazón que os escribe, me acosté presa de una infinita tristeza. Y prisionero de ésta me desperté. No era el fútbol lo que me dañaba. En esta senda del tiempo que es la vida, como canta Celtas Cortos, “ a veces llega un momento/ en que te haces viejo de repente/ sin arrugas en la frente/ pero con ganas de morir/…Creo que me falta algo: no sé si será el amor… Ese otro amor que me envía y de mí recibe un corazón femenino que, a día de hoy, y luego de una fallida aventura de de diez años, no existe. Poco antes del mediodía del 21 de marzo, mientras nacía la primavera, me vestí de montañero para, superando el Ganerantz y el Gazteran, hollar el Pico de la Cruz. Ya en su cima, compartiendo cumbre con un extraño, dirigí la mirada hacia el valle. Y en el valle encontré el pueblo. Y luego el barrio. Y la casa donde, varado de mala manera en circense equilibrio, reposaba el Arca esa de la alianza que la diosa Fortuna estableció con mi pueblo…pero con fecha de caducidad. Por eso fue que perdió el Athletic, y que Txutxi Aranguren pereció devorado por el Minotauro en el Laberinto que es el hospital de Cruces, haciendo bueno el refrán que dice que los días de mucho serán siempre las vísperas de la nada en la que se ha convertido el cuerpo del jugador del Athletic, del presidente honorario de nuestro Centenario, de un ilustre jarrillero, al que la vida le dio para que, una hora antes del partido contra el Zalla, él y yo nos regaláramos el último saludo, las últimas palabras. Pensé en el Arca. En lo mucho que me había dado. Mas habiéndose el tiempo cumplido en la cima rocosa del Pico de la Cruz, se impuso con suficiencia la triste realidad de mi camino. Sin fuerzas; sin ánimo; sin amor; y ahogado en una infinita tristeza, encontré el porqué de este vagar mío de monte en monte (hoy, miércoles, 23 de marzo, Marqueta y yo nos hemos recreado ascendiendo hasta el Toloño desde Labastida) y sin aparente sentido. Y es que mi crónica, esta que ya concluye, no es sino….UN CIERVO QUE BUSCA EN EL MONTE AMPARO.

 

 

21:40 del miércoles 23 de marzo de 2011. Casa de los Sueños, Grumete Diego, La Florida. Portugalete.

 

Firmado: “Luis”. Jugador, siempre, del Club Portugalete.